El Castillo del Tiempo (Capítulo 1) – Una situación turbulenta

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Año 2000. En el barrio de Badili, Puerto Moresby, en Papúa Nueva Guinea, Pedro ha vivido toda su vida (25 años), y allí ha tenido una vida normal. Con algunos trabajos que ha conseguido en su vida, pero nunca estables, ha salido al paso hacia adelante, pero no se encuentra a gusto, no ve futuro en el país, y sigue estando preocupado por su futuro.

Él vive solo en su casa, en un cuarto piso de una comunidad, normalito, de uno de clase media. Cobra el paro desde hace un año, por lo que le queda otro año para dejar de cobrarlo, de ahí viene también la intensa preocupación de él.

Sus padres chilenos, volvieron a Chile hace diez años cuando él había conseguido un trabajo aparentemente fijo de charcutero, del cual lo acabaron despidiendo meses después por reducción de personal. Tiene estudios medios terminados, y unos de mas nivel superior incompletos, no pudiéndolos haber terminado cuando los empezó a cursar, y como la economía del país tampoco es buena, ha pensado en emigrar a otro, para ver si consigue algo fijo.

Por eso, como muchos días, decidía salir de su casa a buscar primeramente un trabajo en su propia ciudad, porque no tenía dinero ni para ir a ninguna otra ciudad del mismo país. Él siempre lo hacía entregando currículums por todas las empresas que veía a su alrededor, recibiendo la típica frase “ya te llamaremos”, de los que se lo recogían, pero sin fortuna alguna. La situación laboral iba peor de lo que él pensaba.

Durante varios días así, se acabó cansando, y al entregar el último currículum uno de esos días, solo pensó en volver a casa, irritado y frustrado por no ver posibilidades en que lo llamasen.

Al llegar al portal de su casa, se encontró con Tobías, el vecino del segundo piso, chileno como sus padres, que llevaba un año viviendo en el edificio, al que veía de vez en cuando y con el que se llevaba bastante bien.

-Qué hay Pedro, ¿cómo llevas todo? – Le preguntó Tobías

-Como siempre, sin fortuna, intentando lo que ya te he dicho otras veces- Le respondió Pedro mientras se medio reía.

-Sé que la cosa está muy mal aquí, pero no te desanimes hombre, que al final siempre puedes encontrar algo – Animaba Tobías a Pedro.

-Bueno, de las ilusiones se vive, hay que tenerlas ¿no?- Dijo Pedro un poco cansado de la situación.

Tobías  seguía queriéndolo animar y le dijo: -Claro, y que eso siga así siempre, si no en ésta ciudad, en otra, y si no, en otro país, y si no, en otra época – Concluyó Tobías sonriendo.

-Sí, cuando consiga el dinero para salir… – Contestó desperanzado Pedro.

-Eso también es verdad, pero, ¿a qué país piensas ir? – Le preguntó Tobías

-A cualquiera donde haya trabajo, que de esos habrán muchos, y también es posible que vaya a Chile – Volvió a responderle Pedro riendo un poco, y continuó para despedirse: -Bueno, me voy arriba, ya te contaré como va todo, espero que sean buenas noticias-

-Venga, pues que haya suerte y arriba esos ánimos – Se despidió Tobías

-Gracias – Dijo Pedro justo antes de tomar el ascensor.

Pedro siempre veía a Tobías feliz, y era algo que le parecía un poco raro.

Nada mas llegar a casa se acostó en su cama, para echarse una siesta de una hora. Al levantarse luego, telefoneó a sus padres en Chile, comentándole que la situación en Papúa Nueva Guinea no iba bien laboralmente y que quizás tendría que volver en un período breve de tiempo.

Pedro necesitaba bastante dinero para ello, ya que un billete de avión a Chile, costaba una cantidad importante, por lo que no sabía ya como poder salir de ahí. Sus padres tampoco podían facilitarles el dinero porque eran dos personas que apenas llegaban a fin de mes, y a veces incluso tenían que pedir ayuda a otros familiares para poder llegar. Solamente podían enviarle el equivalente a 10 euros al mes y cuando les sobraba algo de dinero, algo que era muy infrecuente, ya que solo se lo habían enviado durante unos pocos meses salteados en los diez años desde que se habían marchado.

La culpa de la situación del país donde vivía Pedro, la tenía John Harvard, un presidente que llevaba desde 1998 que no tenía ni idea de política ni economía y tenía al país muy mal en cuestiones de trabajo y aún le quedaban dos años de mandato hasta las próximas elecciones, así, Pedro no tenía margen porque el paro solo lo cobraría un año mas.

Salió a dar un paseo hacia el río  mas próximo que estaba situado cerca del barrio, con algún árbol que otro alrededor de él y el suelo cubierto de césped. De vez en cuando se bañaban algunas personas en él.

Al volver de nuevo a casa, pasó primero por la tienda de abajo a comprar, un estanco donde estaba lo cotidiano. Esa tienda la recordaba desde que tenía uso de razón, ya que llevaba allí dos años antes de que él naciera. La tienda, también llevada por un chileno, se llamaba “La Cereza” y la había montado Guillermo, su dependiente, en 1973, el cual era amigo de Pedro. Allí compraba frutas, verduras y objetos para su casa a un precio económico, porque Pedro no podía permitirse pagar mucho mas por lo que compraba.

En la zona donde vivía, no habían muchas tiendas tampoco, sino que era un sitio con casas terreras, algunos edificios de color amarillo de nueve plantas como en el que él vivía, y algunos comercios como “La Cereza”, y un Circo, construído hacía algunos años, donde de vez en cuando se hacían espectáculos, y estaba rodeado mayormente por caminos de tierra, y alguna que otra carretera, una de ellas, una autovía que se dirigía hacia el centro de la ciudad y que era también rodeada por un río a un kilómetro de distancia del barrio donde vivía Pedro.

Eran frecuentes las quejas de los ciudadanos de la situación actual del país, donde en la calle se oían las críticas hacia John Harvard por lo mal que lo estaba haciendo todo. Incluso algunos de los ciudadanos le enviaban cartas al presidente para comentarle como estaban, pero a John parecía que no les importaba, ya que continuaba igual haciendo lo mismo.

Cuando Pedro entró en el establecimiento, Guillermo, el dependiente de “La Cereza”, le dijo a Pedro:  – Qué tal Pedro, ¿vas a ir mañana a la fiesta de la fruta en el río?

-En realidad no lo tenía pensado, pero puede que me venga bien ir, así me distraigo de todo ese mal de no encontrar trabajo en ninguna parte.

-Claro, vente hombre, que seguro que va a estar bien, ya sabes que todos los años se pasan ratos buenos ahí – Le comentó Guillermo a Pedro.

-Sí, además, que es gratis, así que no debe haber ningún problema – Respondió Pedro mientras rió posteriormente.

Guillermo para confirmar le dijo: – Pues mañana entonces nos vemos a las nueve al lado del Circo para ir luego para allá todos.

-Muy bien Guillermo, ahí nos veremos, iré a casa a comer algo y ya preparo todo para mañana.

-Okey, pues pasa una buena tarde y hasta mañana – Se despidió Guillermo.

-Hasta mañana.

La fiesta de la fruta, era una tradición en la ciudad desde 1904, todos los 6 de octubre, al que Pedro había asistido casi todos los años, que se hacía al lado del río a partir de las 21:30 de la noche hasta la hora que quisieran, donde cada persona traía una o varias frutas y las compartían todas con todos y ahí siempre lo había pasado muy bien hablando con amigos y conocidos, de risas y contándose sus cosas.  Se rumoreaba que la tradición la comenzó un político de aquella época llamado Bernard Grant, pero no había nada que lo verificara al 100%. Se llegó incluso a poner un premio de recompensa, la cual, en su moneda, era equivalente a 2.000 euros a quién pudiese demostrar totalmente de que los rumores sobre la fiesta de la fruta eran ciertos.

Pedro se dirigió a su casa por el mismo camino de tierra donde siempre lo hacía, y una vez que llegó, se preparó un almuerzo para mas tarde preparar ropa para la fiesta de la fruta, ya que había que ir bien vestido, como de gala. Allí como todos los años, se reunían casi todos los de la ciudad, y solo faltaban los que no podían por algo importante.

(Continúa en el capítulo 2)




El Castillo del Tiempo –
CC by-nc-nd 4.0 –
Borthen Inv

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